EL BAUTISMO DE LIBERATA

EL BAUTISMO DE LIBERATA.


Todos hemos oído contar alguna historia de los gemelos, pero muy pocos saben que su madre se llamaba Liberata. Yo mismo fui el primer sorprendido al enterarme, pues considerando los tiempos que se vivían me pareció un nombre bastante raro.
Así que hice indagaciones entre gente vieja y me dijeron cosas diferentes. Alguien me contó que le pusieron ese nombre en agradecimiento por una tía abuela que había sido una gran ayuda para su madre. Más tarde supe que esto solo era una mentira piadosa. Otros me decían cosas igualmente falsas o carentes de sentido.
Cierto día, Artemio se enteró que yo andaba preguntando sobre Liberata. Alguno de ustedes seguro que conoce a Artemio. Se le veía mucho dando vueltas por la plaza y hablando solo. Bueno, pues un día se presentó ante mí y me dijo:
Todos hemos oído contar alguna historia de los gemelos, pero muy pocos saben que su madre se llamaba Liberata. Yo mismo fui el primer sorprendido al enterarme, pues considerando los tiempos que se vivían me pareció un nombre bastante raro.
Así que hice indagaciones entre gente vieja y me dijeron cosas diferentes. Alguien me contó que le pusieron ese nombre en agradecimiento por una tía abuela que había sido una gran ayuda para su madre. Más tarde supe que esto solo era una mentira piadosa. Otros me decían cosas igualmente falsas o carentes de sentido.
Cierto día, Artemio se enteró que yo andaba preguntando sobre Liberata. Alguno de ustedes seguro que conoce a Artemio. Se le veía mucho dando vueltas por la plaza y hablando solo. Bueno, pues un día se presentó ante mí y me dijo:
—Oí decir… que andabas preguntando por Liberata.
El hombre entonaba muy bien su voz, como si fuera un viejo actor de teatro. Yo asentí moviendo la cabeza.
—Te extrañas de este nombre, ¿no? —Me preguntó.
Yo asentí con un gesto.
—Te extrañas de este nombre porque ya no se usa.
Asentí con un gesto y él hizo una pausa efectista para reforzar mi atención.
—Ese nombre… y otros igual de raros…
A Artemio le gustaba hablar lentamente y hacía pausas frecuentes que me hacían impacientar. Él lo leía en mis ojos y disfrutaba como un domador que controla al león sólo con la mirada. Artemio siguió hablando.
—Esos nombres, digo…
Yo estaba pendiente de sus palabras.
—Esos nombres nos vienen… de cuando estaba por aquí otro cura. Se llamaba Don José Esquimorcio.
—¡Ah! ¿Don José Esquimorcio? No le conozco.
—Hace ya tiempo que murió. Tú no habías nacido.
Me impresionó este nombre, Don José Esquimorcio. Parecía un apellido muy raro. Luego, Artemio alzó la cabeza e hizo una poderosa inspiración. Pude ver como se elevaba su pecho al aspirar el aire. Me fijé que tenía el pelo enmarañado en un gran volumen y sus ojos azul-verdosos parecían irradiar un resplandor inspirado. Me pareció un profeta de esos, desmelenado con sus ojos llenos de fuego divino. En aquel momento creí que Artemio estaba poseído por un conocimiento infuso.
Artemio se quedó callado y yo seguía mirando su cara.
—Preguntabas… por el nombre de Liberata…
No era más que una frase retórica. Creo que no esperaba ninguna respuesta por mi parte.
—Eso significa… que la bautizaron… déjame ver… en el mes de enero. Debió ser allá por el día dieciocho, más o menos. Si no me falla la memoria… ese debe ser el día de Santa Liberata.
Me quedé perplejo. Efectivamente, fue en una fecha de enero cuando la bautizaron. Pero a Artemio le gustaba hablar y por eso me siguió diciendo:
—Este cura, Don José, era todo un carácter. A los niños les ponía el nombre del santo o la santa del día de su bautizo, sin importarle un carajo las protestas de la familia.
—¡Ah! Asentí asombrado.
—Esto era por causa… de que este cura… venía de una familia donde todos los varones… todos los hermanos, todos los tíos y todos los sobrinos, todos, todos, se llamaban José sin excepción.
Yo me quedé pasmado con esta declaración.
—¿Todos se llamaban José?
—Eso es. Se deduce de esta circunstancia… que si usaban para todos el mismo nombre… no habría forma de aclararse con tantas repeticiones.
—Eso supongo. —Le dije.
Me estaba fascinando esta historia de Artemio.
—Para facilitar las llamadas y las alusiones, desde que eran niños les iban poniendo motes diferentes a cada uno.
—¡Ah! Es más sencillo. —Dije.
—A su padre le llamaban “el Mentado” y a su abuelo paterno “el Afortunado”. Aunque no se sabe el motivo, pues nunca tuvo dineros.
—Ya veo. Ya veo.
—Al hermano mayor del cura le llamaban “el Largo” pues era alto; y a nuestro cura, que era el menor de los hermanos, le llamaban “el Cojo”; aunque que no se le notaba casi nada la cojera.
—No se le notaba… casi nada.
—No se le notaba nada. El muchacho nunca llegó a estar seguro de que su cojera fuera un fenómeno real. Pensaba que le habían puesto ese nombre para fastidiarlo. Y aunque nunca dijo una palabra de protesta por este mote, estuvo molesto con él durante toda su vida.
—¡El pobre!
—Las palabras tienen poderes mágicos.
—¿Poderes mágicos?
—Sí. El muchacho, después de estar un tiempo sentado, notaba una sensación de cojera en la pierna izquierda al levantarse.
—¡Ah!
—Como compensación a este fastidio, todo el mundo decía de él que era un niño muy inteligente.
—¡Oh!
—Y de ese modo…
—¡…!
—Al verse afectado por las palabras de los demás, cojeaba ligeramente. Esto justificaba el “nombrete” que le habían puesto.
—¡Ah!
—De otra parte, aquello tenía sus compensaciones, porque todo el mundo venía y le hacía preguntas sobre esto y sobre lo otro.
—¿Le preguntaban?
—Y se admiraban de las respuestas del chiquillo.
—¿Se ad… admiraban?
—Para cuando el niño tenía siete u ocho años… ya lo habían convertido en una especie de oráculo.
—¡Una especie de oráculo!
—Al principio solo llegaban con preguntas fáciles. Solo preguntaban sobre esas cosas que interesan a la gente del campo.
—¿Y el niño respondía?
—El niño respondía con bastante talento y seguridad.
—¿Bastante seguridad?
—Bueno, creo que solo repetía las frases que… esas cosas que más se repiten. Algo de sabiduría rural, podríamos decir.
—Ya entiendo. Sabiduría rural.
—Pero el niño respondía a las preguntas con tanto aplomo… que al pasar cierto tiempo venían y le hacían preguntas sobre asuntos complicados y sobre líos de familia que el niño no podía entender, debido a las limitaciones de su edad.
—¡Caramba!
—Sin embargo, como poseía cierta inspiración, siempre daba alguna respuesta; aunque con frecuencia las respuestas eran incomprensibles.
—¡…!
—Esta gente se tomaba sus palabras muy en serio.
—En serio.
—De modo que podías ver que volvían a sus casas repitiendo las palabras dichas por el niño.
—Vaya.
—La gente trataba de encontrar el significado oculto de sus palabras.
—¡Oh!
Artemio hizo una pausa, como tratando de recordar cosas de tiempos remotos.
—No recuerdo como empezó todo.
—No recuerda…
—Hubo un momento en que todo el mundo se puso de acuerdo. “A este niño hay que enviarlo a estudiar a una escuela”, dijeron.
—Enviarlo a la escuela.
—Eso es. Ellos no sabían a donde enviarlo. El cura de la iglesia más cercana aconsejó que lo enviaran al seminario. Además se prestó gustoso para escribir una carta de recomendación para el niño, a pesar que no les tenía mucha simpatía a los parientes.
Como ven, amigos, este Artemio tenía un gran empuje verbal. Yo no podía meter baza porque soy algo lento en los diálogos. Además, estaba asombrado con esta historia. Y al verme totalmente cautivo, siguió diciendo.
—Al tener tanta inteligencia, en lugar de mandarlo a llevar las vacas de este prado al otro, todo el mundo se puso a decir: “A este niño hay que mandarlo a estudiar”.
—¡…!
—Estas palabras resultaron muy poderosas y le fueron de gran ayuda al Cojo. Porque, delante mismo del niño, todos decían sin tapujos “esta criatura tiene mucho talento”.
Yo no salía de mi asombro y Artemio remató la faena diciendo:
—El seminario quedaba lejos. De modo que cierto día llevaron al niño acompañado de su madre y el cura hasta el seminario que estaba a dos o tres leguas de distancia. Tuvieron que emplear varias horas en burro y un día en tren. El niño estaba un poco amedrentado al entrar en el seminario pero consiguieron dejarlo allí sin que armara un alboroto de llanto.
Yo estaba fascinado.
—¡Ah!
Artemio siguió contando su historia.
—Se dice que en el seminario el niño aprendió a leer con tanta rapidez que dejó muy impresionado a los curas.
—¡…!
Artemio siguió impertérrito contando su historia.
—El niño volvía a su casa durante los meses de verano y ayudaba durante la siega y el ensilado de la hierba.
—¡Que bien! —Dije yo por decir algo.
—El milagro fue tal que durante el verano venía gente a la casa, allá por la tardecita, para ver al niño y le pedían al niño que leyera algo de un libro que trajo.
Artemio hizo una pausa para coger resuello y siguió.
—El niño se ponía a leer en voz alta y todos se quedaban admirados. O sea que era algo frecuente que llegara gente a la casa y su madre decía: “cojito, querido, léele un poco a este “mal encarao”, que no se cree que sabes leer.”
—¡…!
—Cada verano se fue viendo que el niño se ponía a estudiar cuando le dejaba tiempo libre las faenas del campo. Siempre estaba leyendo un libro lleno de cosas incompresibles. Estaba lleno de esas cosas que estudian los curas.
—¡Asombroso! —le dije.
Esto animó a Artemio a seguir con la historia.
—La gente del pueblo, al oírle decir aquellos latines, se admiraba de sus conocimientos.
—¡…!
—Porque las palabras que no se entienden tienen mucho más poder que las otras. Las palabras que no se entienden son sagradas.
—¡…!
—Es obvio que son importantes. Además son mágicas y muy difíciles de recordar, aunque acabes justo de oírlas.
—¡…!
—Además, esas palabras raramente se discuten. Porque no estamos en condiciones de enfrentarnos a su significado.
—Es cierto. —Dije de pronto, cortándole el flujo narrativo al Artemio. Aproveché la pausa para decir:
—A mí me ocurre lo mismo. Cuando alguien me dice algo incomprensible no sé que responder.
Artemio siguió diciendo:
—Se dice que en el seminario, el niño fue destacando por su tesón en el estudio. Y al parecer tenía una gran memoria.
—Tenía una gran memoria.
—Cada verano llegaba el niño a la aldea y la gente se interesaba por él y visitaban su casa. Pero a mediada que se fue haciendo cura, la gente fue perdiendo el interés.
Hubo una pausa momentánea y un corto silencio, luego Artemio siguió diciendo:
—Te diría más cosas, pero no quiero cansarte. Todos en aquella familia se llamaban José. Y todos llevaban motes propios. Esta es la historia de este cura.
Yo me quedé abrumado con este diluvio de datos. Artemio se dio cuenta de mi asombro y aprovechó para darme más datos todavía. Pero yo estaba a tope; por lo que tuve que echar todo ese exceso de inteligencia en el olvido.
Por las explicaciones de Artemio, deduzco que el cura estaba harto de esta mala costumbre, repetir los nombres más populares. Por eso, cuando llegó a la parroquia impuso unas reglas estrictas respecto a los nombres. Mientras él mandara en aquella parroquia no se iba a poner a nadie el nombre de José, si no figuraba algún santo con ese nombre en el santoral de ese día. Y lo mismo se aplicaba a otros nombres más repetidos como Antonio, Juan o María.

* * *


El día que llevaron a la niña a bautizar era un dieciocho de enero y hacía poco que terminara la Gran Guerra. Creo que eso ocurrió cuando empezaron las conversaciones para la Conferencia de Paz de Versalles. Pero ya nadie se acuerda de eso y yo mismo lo sé porque leí algo sobre esto en un periódico. Por aquel entonces, todos estaban pasmados de aquellas horribles matanzas en la dulce Francia. Por eso se decía que esta sería la última Gran Guerra y que nunca más volvería a ocurrir nada semejante. Es como si estuvieran arrepentidos de tanta carnicería.
Mientras el cura se preparaba para el bautizo y se ponía sus ropas sagradas, no pensaba para nada en aquellas matanzas. Me imagino que no había leído los periódicos. O quizá sería que aquella guerra le quedaba muy lejos o que no afectaba para nada a los curas. Creo que no se había enterado. Él iba a lo suyo; a las cosas de su ministerio.
Bueno, pues llevaban toda la familia ya un buen rato esperando cuando apareció el cura con todos sus atavíos ceremoniales y un monaguillo. Miró con autoridad a los presentes, emitió unas toses para pedir atención y les dijo sin previo aviso:
—Nada de ponerle a esta niña nombres compuestos de María.
La gente se quedó muda por la sorpresa y los iluminó diciendo:
—Ya hay demasiadas Marías en la parroquia.
La mudez de todos se hacía eterna.
—La niña llevará un nombre de acuerdo con el santoral de este día. De modo que se llamará Liberata que fue virgen.
Los familiares murmuraron sobre esto. Pero lo hicieron sin mucho ardor, pues no se habían puesto de acuerdo para ponerle un nombre a la niña. Viendo las dudas, el cura aprovechó la ventaja y añadió:
—Si no les gusta el nombre de Liberata le podemos poner Prisca que fue virgen y mártir.
—¡…!
—Veo que les parece un nombre raro.
Hubo un silencio macizo. Y el cura aprovechó para seguir argumentando.
—No creo que les guste ponerle el nombre de alguno de los santos varones de hoy.
—¡…!
—Tenemos para elegir a Moseo y Amonio, que fueron soldados mártires.
—¡…!
—Otro santo es Volusiano, que fue obispo.
—¡…!
—Tenemos a Deícola, que fue abad.
Se hizo una pausa molesta.
Al ver el silencio provocado por sus palabras, el cura siguió diciendo.
—También tenemos a Atenógenes, que fue mártir; o si lo prefieren…
El cura hizo una pausa para reforzar el efecto.
—Tenemos a Leobardo el Emparedado. Santo este muy discreto, pero que tiene una merecida fama de milagroso.
Cuando los asistentes vieron las alternativas, aceptaron de buen grado la inteligencia del cura. No en vano era un hombre de carrera. Así que se dieron cuenta que el nombre elegido, Liberata, era muy lindo y le quedaría muy bien a la criatura.
Aunque los parientes de la niña eran lentos pensando, se dieron cuenta que no le iría bien a la criatura llamarse ni Mosea, ni Amonia. Y no digamos nada un nombre de esos como Atenógena o Leobarda. Ellos eran gente pobre, pero tenían cierto sentido de la decencia. O sea que hacían lo posible para no llamar la atención con excentricidades.
Y tenían razón. Con uno de esos nombres, tan raros, no sería para extrañarse si la niña acababa tirándose a un pozo o que le diera por meterse a puta. Pero mirando las cosas desde otra perspectiva más optimista, un pobre santo de estos, con estos nombres tan raros, al tener poca clientela dispondrían de más tiempo para proteger la virtud de la niña. De modo cualquiera de ellos estaría lo bastante desocupado como para inspirar en la niña la idea de meterse en un convento.
Pero a pesar de todas estas ayudas celestiales, imagino que una niña bautizada como Mosea, Atenógena o Leobarda, terminaría por dejarse llevar de los consejos vanidosos de las monjitas más veteranas. Quiero decir que al hacer los votos, según dicta la costumbre, cambiaría su nombre, bastardo y primigenio, por otro mucho más noble y melodioso. Puedes imaginarte un lindo ejemplo como… Sor Inés de la Santísima Cruz ya me entiendes lo que quiero decir. De ese modo, las monjitas mayores, tendrían el placer de llamarla Inesita, un nombre mucho más dulce, pues el nombre de Liberata tiene resonancias pecaminosas y librepensadoras. Y los otros nombres, Atenógena, Leoborda, etc., tienen algo así como resonancias paganas.
Una vez aclarado el detalle de los nombres, el cura pasó a ejecutar la ceremonia. Les dieron a los parientes unos cirios para que los sostuvieran encendidos en la mano derecha. Cirios representan la luz de los evangelios que ilumina las almas de los creyentes. Luego, el monaguillo preguntó,
—¿Quién es el padrino?
—Yo. —Dijo Antonio Melodio.
Y el monaguillo se puso a su lado. Luego el cura empezó a decir unos latines.
—Credis in Deum Patrem omnipotentem?
El monaguillo le dio un codazo al padrino y le dijo:
—Tienes que decir: credo.
—¿El qué?
—Que tienes que decir, credo.
—¿Cómo?
—Que lo digas, ¡caray!
—¿El que?
—Que digas la palabra “credo”.
—Credo.
El cura hacía muecas de impaciencia pero siguió:
—Credis in Creatorem coeli et terrae?
—Di credo. —Le dijo el monaguillo.
—Credo.
—Credis in Iesum Christum?
—Di credo. —Repitió el monaguillo.
—Credo
—¿Credis in Spiritum Sanctum?
—Di credo, —le dijo el monaguillo.
—Credo.
—Liberata, ¿vis baptizari?
El monaguillo le dio un codazo al padrino y le dijo:
—Debes decir, “volo”.
—Vuelo.
—Vuelo, no. Debes decir “volo”.
—Bolo.
Entonces el cura fue derramando el agua bendita y recitando las palabras rituales:
—Liberata, Ego te baptizo in nomine Patris… et Filii… et Spiritus Sancti.

La criatura se puso a llorar, tal vez debido a la frigidez del agua, pues estábamos en mes de enero y soplaba un viento frío del noroeste.
La tierna criatura se calmó enseguida pues se dio cuenta que los espíritus del mal salieron huyendo de su cabeza tras el enfriamiento sufrido por la virtud de las aguas bautismales.


Así que terminó la ceremonia, el monaguillo apagó los cirios y el cura les dijo a los familiares de la niña: Pasen por la sacristía para escribir en el libro. El cura anotó en el libro los nombres de la criatura, del padre, la madre, el padrino y los testigos. Estos firmaron con un breve garabato o una cruz y el cura les dijo:
—Pueden marcharse.

No estuve en el bautizo de Liberata porque aún no había nacido. Pero así es como cuento yo esta historia. Así es como me imagino que ocurrieron las cosas.